miércoles, 24 de junio de 2015

¿Uno mañanero?

Abrí los ojos en un nuevo día, pero, como cada vez, ella seguía a mi lado al despertar. Su carita de ángel mientras dormía me miraba aún en sueños mientras yo sonreía y la miraba estando tumbada junto a mi.
Me acerqué y deposité en su mejilla un suave beso, seguido de un "buenos días" al oído. Lentamente fue esbozándose una sonrisa y sus ojos se fueron abriendo dejando ver sus grandes y maravillosos ojos azules.
Me levanté decidido a preparar el desayuno mientras ella prefería ir a ducharse. Abrí el armario y saqué el café, lo coloqué en la cafetera y la encendí, dejando que se llenara la jarra y, a la vez, el ambiente de ese olor a café matutino. Puse en un plato unos cuantos croissants y unas ensaimadas y los dejé sobre la mesa. Decidí ducharme yo también.
Sonriente entré a la ducha y cuando abrí la puerta se giró, "No te esperaba" dijo. Ví su piel mojada, suave, lisa, perfecta. Ese olor sensual e inconfundible, des estabilizante, e incontrolable para mí. Mi cuerpo se acercó hasta rozarle y sentirla. Sus manos llenas de jabón no tuvieron problema en deslizarse por mis hombros y mi pecho. Y se acercó a mi, me besó, a la vez que sus manos se deslizaban cada vez más hacia abajo, sobrepasando ya la cintura. "Tiene que estar bien limpita"




El agua estaba templada aunque más bien, fría, pero el ambiente era demasiado caliente como para no estar algo acalorado. Me acerqué cogiéndola de las nalgas y la apreté hacia mí. Me separó y dijo "Puf, qué hambre tengo, ¿Tú no?". Y salió de la ducha, enrollándose en una toalla y cogiéndose el pelo con una pinza mientras caminaba dirección a la cocina.
Salí detrás medio secar y con los boxers puestos. Ella ponía los cafés en la taza y los dejaba en la mesa, así que la dejé hacer y me senté. Le eché un vistazo, sintiendo aún latiendo algo en mis calzoncillos. Volví a observarla y estaba parada observándome, cuando justó la toalla resbaló por su cuerpo y calló al suelo. "¿Tú no tienes hambre?" me susurró sensualmente.
Levantándome hacia ella la cogí por el cuello y fundí mis labios con los suyos. Sus manos se colocaron en mis boxers y acompañando con su cuerpo, fue bajándolos a la vez que lo hacía ella hasta dejarlos en mis tobillos. Subiendo lentamente, rozó con tu frente y nariz en mi miembro, ya bastante motivado, pero sin detenerse. Fue besando mi vientre, lamiéndolo, y al llegar a la altura del ombligo, bajó de nuevo y se lo introdujo en la boca.
Cogiéndome del culo con ambas manos, me atraía y alejaba de ella, haciendo que entrara y saliera de su boca al ritmo que ella imponía. Besaba, lamía y mordisqueaba suavemente. La cogió con la mano y la masajeó, delicada pero firmemente, para volverla a meter en la boca. Se levantó rápido y sin aviso, poniéndose de espaldas e inclinándose sobre la mesa, y apoyando las manos en ella. "Creo que tengo algo en la espalda, ¿podrías mirármelo?" comentó girando su cabeza para sonreír en mientras me miraba.
"Claro, voy a acercarme a ver" dije agarrándomela con la mano y acercándome mientras me iba metiendo en ella. "Pues no veo nada, pero voy a mirar bien por todo si te parece" bromeé, y fui pasando la mano por su espalda, a la vez que iba moviéndome para entrar y salir de ella. Sintiendo cada movimiento, cada roce, arañando de vez en cuando con mis uñas. Llevé ambas manos a sus hombros y agarrándole con firmeza, embestí fuerte unas cuantas veces, mientras le escuchaba gemir. 
Le giré y llevé a la encimera, quería sentirla más cerca, notar su piel con la mía. La senté frente a mí y ella me agarró con sus piernas para dejarme acceder mejor. Con un movimiento de cintura ya estaba dentro. Entre embestidas, caricias, besos y arañazos el placer estaba llegando a su punto más alto. 





Entre unos de sus gemidos articuló "¿Cómo vas bestia?" y no pude evitarlo. "Pues a punto de tener la leche para el café" añadí sin parar de moverme. "Pues aprovecha y dale duro, como a mí me gusta". No me hizo falta más, la agarré por la cintura y empecé a moverme rápido y golpeando fuerte mi pelvis contra ella. Los gemidos eran intermitentes pero sin pausa, hasta que se hizo el silencio, y únicamente se escuchaba el latido veloz de nuestros corazones, y la respiración agitada de dos personas que acaban de vivir un momento de placer desenfrenado.